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MI BIBLIOTECA: POR CAROLINA MENA SARAVIA

San Pablo el Ermitaño: milagros y curiosidades de una vida en retiro

Una existencia signada por el sacrificio y la inmensa alegría de servir a Dios en la oración y el sacrificio

San Pablo el Ermitaño: Twitter

 SALTA (Por Carolina Mena Saravia) Las hojas de una palmera oficiaban de vestimenta a san Pablo el Ermitaño, el primer anacoreta que registra la Iglesia católica, con una vida plena dedicada a la oración en su refugio del desierto de Egipto, cercano a la ciudad de Tebaida, que lo vio nacer en el año 228 d. c. Su vida guarda registro de manos de san Jerónimo, el traductor de la Biblia conocida como la Vulgata, y gracias a la biografía “Vita Sancti Pauli primi eremitae” llegamos a conocer parte de las vivencias del santo.

San Pablo el Ermitaño vivió la friolera de 113 años, conocía perfectamente cuándo iba a entregar su existencia al Creador y la curiosa forma en que lo haría. A pesar de haber gozado de la excelencia en la educación recibida y de su nutrido patrimonio, durante el imperio de Decio y a causa de la persecución ejercida a los cristianos, Pablo se vio obligado a resguardarse en secreto primero, para luego tomar la decisión de eludir la saña del emperador cobijándose en una gruta en el desierto.

Fue en ese lugar donde san Pablo el Ermitaño, con el correr del tiempo, da cuerpo al mote que acompaña su nombre hasta nuestros días. Las grutas en las que los esclavos de la reina Cleopatra tiempo atrás acuñaban monedas sirvió de hogar y forja a su carácter decidido, que, con la gracia de Dios, amalgamaron las imperfecciones humanas para lograr esa comunicación divina propia de los iluminados.

El humor de Dios, a menudo, es inentendible al intelecto humano. Así también son los recodos del largo camino hacia la santidad. En la soledad de la piedra, con el resguardo de una palmera -de cuyas hojas obtenía vestido y de sus frutos alimento- y de una fuente de agua en la que calmaba su sed, fue creciendo en fe y oración. Lo que comenzó siendo una forma de resguardo ante las amenazas romanas, terminó convirtiéndose en el ejercicio de piedad que consolidó sus fuerzas.


Encuentro con san Antonio Abad


Vivía en otro desierto también san Antonio Abad, un nonagenario que “concibió en su mente la idea de que era el único monje perfectamente solitario que habitaba en el yermo”, relata san Jerónimo. “Pero una noche, mientras estaba descansando, le fue revelado que más adentro en el desierto, había otro, mucho más perfecto, al cual debía ir a visitar. Apenas amaneció, sustentando sus debilitados miembros con un báculo, el venerable anciano se puso en camino sin saber adónde”.

Luego de días de viaje salpicado con hechos prodigiosos –se encontró con un “hipocentauro” y un “cristiano con pies de chivo” que le indicaron el camino a la gruta de san Pablo- dio con el refugio del santo al que tanto buscaba, y al que rogó para que le permitiera entrar en él.

Sin conocerse, pero con la familiaridad que solo Dios otorga, departieron largamente sobre el estado del mundo, respondiendo san Antonio a las múltiples preguntas del Ermitaño. “Y mientras hablaban de estas cosas, de pronto vieron un cuervo que se había sentado sobre una rama del árbol; y deslizándose desde allí con suave vuelo, les dejó un pan entero ante sus miradas asombradas, y se fue. Entonces dijo Pablo: ‘Mira, Antonio, el Señor, nos ha enviado la cena, verdaderamente es piadoso y misericordioso. Hace sesenta años que me envía cada día medio pan; mas ahora, por haber venido tú, Cristo ha duplicado la ración a sus soldados’”, consigna san Jerónimo en una de las tres vidas de monjes que redactó.

Para evitar a san Antonio Abad el dolor de presenciar su muerte, y consciente del momento preciso en que esta ocurriría, le solicita que le trajera “aquella capa que te dio el obispo Atanasio, para envolver mi cuerpo”. Sorprendido Antonio de que el anacoreta supiera de la existencia de la misma, emprende un viaje de cuatro días para buscarla, más cuando regresó a la gruta de Pablo, lo halló orando, con los ojos al cielo y su cuerpo sin vida. Allí supo con certeza, que aquella alma que vio ascender al cielo momentos antes “entre la multitud de los ángeles y entre los coros de los Profetas y Apóstoles, resplandeciendo con una blancura de nieve” era la del Ermitaño.

Dos leones cavaron providencialmente la tumba del santo, y san Antonio Abad cubrió el cuerpo con el cúmulo de tierra acostumbrado. “Te ruego, pues, hermano, quienquiera que leyeres esto, acuérdate de Jerónimo, pecador, el cual -si Dios le diere la opción- con mucha más voluntad elegiría la túnica de Pablo con sus méritos, que la púrpura de los reyes con su castigo”, y con estas palabras, cierra san Jerónimo su emotiva reseña.

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